• Isabel Martín

El enfado inspirador

Actualizado: 1 de abr de 2020


La lectura de un artículo con este mismo título, me ha traído a la mente el dúo: expectativas/compromiso.

Para mí, el artículo trata de enfocar el enfado, el enojo, la ira o la rabia hacia una reflexión para mejorar. Y más que quedarnos en desplazar la culpa al otro, se trata de buscar en qué ámbito podemos tomar el control de la situación.

“Encauzarlo de forma inspiradora, hacia nosotros mismos, y ver qué podemos hacer mejor. No podemos cambiar a los demás, pero sí influenciar en los otros”

Coincido en que detrás de estas emociones existe algún tipo de miedo camuflado que nos provocan un sufrimiento, que en algún caso, podría incluso ser innecesario.

Este sufrimiento lo organizamos nosotros mismos al interpretar, al juzgar lo que nos sucede de una forma determinada.

Hay ocasiones, en las que sí yo revisase los juicios que hago sobre lo que me pasa, podría encontrar el modo de aliviar el sufrimiento. Y de ese modo, evitar llegar a perder el control. Y en este juicio que yo realicé en su momento, está la clave. Posiblemente hice una valoración precipitada de lo acontecido.

El autor de este artículo nos invita a tres reflexiones sobre aspectos que están bajo nuestro control y que son nuestra responsabilidad el saber aplicarlos para aliviar el sufrimiento. Me pararé solo en uno: “Cuando generamos expectativas, confiando que los demás se adapten a ellas”.

Y es cierto, ¡malditas expectativas que nos traicionan!

Cuando yo evalúo algo que ha sucedido, lo hago en base a mis expectativas sobre lo que son los estándares de la conducta adecuada para tal circunstancia ¿Y quién tiene la última palabra acerca de lo que es adecuado o no lo es? ¿Está siempre claro? ¿Cuáles son las expectativas del otro? ¿Las mismas? Y en el peor de los casos, tales expectativas pueden partir de un deseo que no se puede llevar a la práctica, aunque yo no lo quiera ver.

En estos casos hago responsable al otro y por lo tanto no actúo. Me quedo en el sufrimiento. La superación de uno mismo que demanda el autor, vendría de la mano de expresar mis necesidades con honestidad y realizar peticiones concretas. Nada de adivinaciones.

Mi enfado, enojo o ira también pueden proceder de una promesa incumplida. Y ahí lo que sentimos es el miedo a perder la confianza en el otro. Por tanto, en la conversación con el otro los ingredientes son la manifestación del perjuicio ocasionado, la identificación del responsable del mismo y realizar una petición que subsane ese daño en el presente o en el futuro.

Y ¡“cuidadín” en cómo hacemos las promesas! No dejemos margen a las interpretaciones. Pueden reclamarnos sobre algo de lo que nunca fuimos conscientes de haberlo expresado. Claridad, concreción y definición de plazos en las promesas ¡No nos pillemos los dedos!

Yo considero que si me comprometo a conversar con el otro, a llegar a acuerdos, a hacer peticiones y ofertas, a cerrar acuerdos o reclamar cuando no se cumplen las promesas, creo un caldo de cultivo que alejará el sufrimiento, y en consecuencia, la ira, rabia, enojo y enfado.

En cualquier caso, el enfado, enojo o la ira, pueden ser inspiradoras al invitarnos a recomponer nuestra percepción de la realidad y en consecuencia a coordinar nuevas acciones con los demás.


22 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo